¡Socorro! ¡No me fío!
Hace unos días, en una información sobre el frío padecido durante las últimas semanas que publicaba un medio digital, algunos comentaristas se enzarzaron en una más que previsible trifulca sobre el cambio climático. Hasta aquí todo normal. Lo que me dio qué pensar fue un comentario en el que alguien afirmaba que los que defienden el cambio climático exageran tanto como los que dicen que el SIDA se transmite por mantener relaciones sexuales sin condón pues, según ese escribano, las posibilidades de contagiarse de SIDA en una relación heterosexual sin preservativo eran exactamente de un 0,03%, y que todo lo demás eran campañas pagadas por los fabricantes de condones.
Desde Gutemberg hasta principios del XIX lo que salía en la prensa iba a misa. Después la radio también enarboló la bandera de la credibilidad. Por no hablar de la televisión. Hasta hace no mucho (más o menos durante el tiempo en que TVE era la única/mejor televisión de España) la frase “lo han dicho en la tele” era garantía de veracidad y zanjaba cualquier discusión.
Pero es que ahora yo puedo lanzar el despropósito de que Marte está perdiendo un 1% de su masa cada cien mil años y, bien arropadito y rebotado en los sitios adecuados, en dos años se transforma en una verdad incuestionada que cualquiera puede utilizar como argumento de peso en una discusión sobre el fin del universo.
Mi problema, nuestro problema, es que hasta no hace demasiado tiempo, los generadores de información eran pocos, y era relativamente sencillo buscar y contrastar los orígenes de la misma. Con los inicios de la web el panorama cambió , aunque no radicalmente. El sistema de transmisión de la información modificó su soporte, pero el modelo continuó básicamente igual. Un ejemplo: Los diarios, además de su edición en papel, tenían su edición de internet, pero yo sabía a quién pedir responsabilidades si una información no resultaba veraz.
Le verdadera revolución ha venido con los Social Media. Los blogs, Facebook, Twitter, Tuenti, FourSquare, Linkedin… Cualquiera puede generar información, lo que de por sí no es negativo. Pero también cualquiera puede mentir a su antojo y conseguir que esa mentira se transforme en una información aceptada como veraz por muchos. Ahora es imposible buscar los orígenes de determinadas informaciones y contrastarlas.
Otro ejemplo: Hace pocas semanas, en Twitter, corrió la voz de que en La Fe, un hospital valenciano, se necesitaba sangre de un determinado tipo para una operación de trasplante a un chaval. Todos nos apresuramos a rebotar la noticia para que llegara al mayor número posible de personas. Pocas horas después se informaba de que era un bulo. La falsa noticia, (hasta entonces una información veraz) había llegado a algún trabajador de La Fe que era twittero y, contactando con el banco de sangre del hospital, pudo comprobar que era mentira. ¿Quién fue el responsable del desaguisado? Como decimos por aquí Vés i busca a vore qui t’ha pegat.
Llegados a este punto, mi gran problema y creo que el de todos es: ¿De quién me puedo fiar? ¿Qué herramientas tengo para saber si algo es cierto? ¿Quién miente y quién no? ¿Quién valida la información?…. ¡Socorro! ¡No me fío!
P.S. Dándole vueltas al 0,03% arriba mencionado, creo que el figura llegó a la cifra mediante la siguiente ecuación compleja: Si yo voy a una fiesta en la que hay cien mujeres, la posibilidad de que ligue con una mujer es baja, la posibilidad de que me acueste con ella es todavía menor, la posibilidad de que tenga SIDA precisamente la que he conseguido ligar y que ha aceptado irse a la cama conmigo es ínfima, y que encima me lo pegue… ¡vamos, un auténtico caso de mala suerte!¡Claramente un 0,03 por ciento!
